Bragas altas.


Los Rebeldes – Ella es mía

Esto de tener memoria de pez tiene su parte buena y su parte más fea. Sin duda lo que nunca le perdonaré a mi desmemoria es no recordar la primera vez que hice el amor. Y me lastima porque creo que nunca he querido a otra mujer así. Lo que no me he olvidado de ella fue la primera vez que le quité las bragas. Era una tarde oscura, de otoño, probablemente. Llevaba unos pantalones de pana de color beige y una s botas de las que lleavaban entonces las chicas de barrio. De la parte de arriba no me acuerdo pero probablemente llevase una camisa de cuadros y una camiseta blanca de manga larga del abuelo de las que siempre llevaba. Por suerte sus padres no solían estar en casa los fines de semana, eso facilitaba mucho las cosas. Por que a los míos parece que les hubieran puesto estacas en los pies. Todo el puto día en casa. Y así era difícil buscarse la vidita, pero nos la buscábamos, vaya si nos la buscábamos.

Aquella tarde fea y desapacible de ventanas a fuera, con la luz apagada del salón de su casa, con las persianas casi, casi cerradas, las cortinas corridas y el sonsonete de la televisión de fondo, como un espectador discreto, como un mirón consentido, esa tarde ella quiso que todo pasara. Nunca olvidaré el suave gemir en mi oreja, cómo iba advirtiéndome del peligro inmediato, pronunciando mi nombre queriendo decir lo contrario de lo que dejaba ver, cerrando los ojos a medida que mi atrevimiento y el suyo iban a más, queriéndose perder y dándole miedo el precipicio, un salto que nos tendría que llevar a lo más. Y así fue… o casi.

Tal y como iba quitándole la ropa me sentía más y más fuerte, más y más mío, más y más suyo. Cuando le llegó el turno a los pantalones, un poco convincente “oye” salió de sus labios, de esos labios que tantas y tantas veces había disfrutado, mordido y vivido. Creo que sentía algo parecido a lo que ahora, porque los ojos se me humedecían, aunque creo que por razones bien distintas. Deslizar el triángulo de encima del otro triángulo era para mí casi una obsesión y cuando, al fin, entre mis manos el algodón desapareció por sus piernas hacia abajo, supe que había tocado el cielo. Lo de después fue un mero añadido. Nunca y digo nunca, nunca jamás he estado tan cerca de nadie, tan dentro, como si hubiéramos fundido los cuerpos de forma que ya no pudieran separarse. Y se mezclaron las pieles sí, pero por dentro de mí ese día algo salió y ya no volvió. Se debió quedar impregnado en las paredes difuminadas del salón de su casa, se lo quedó ella guardado en algún lado que yo no sé porque nunca más eso, así, se lo he dado a ninguna otra.

Con los años, aunque he seguido manteniendo esa misma afición a quitarles las bragas a las mujeres, la cosa ha ido a menos. Y es que las bragas son como el quebrantahuesos, una especie en peligro de extinción. Recuerdo cuando tras los vaqueros bien ceñidos al culo, se dibujaban las bragas. Era como un acto de rebeldía que practicaban las chicas. Era decir, mira chaval, cómo se me marcan las bragas, a ver si tienes huevos ahora y me las quitas. Era un reto. El algodón de toda la vida. Era como una prolongación del ciclo evolutivo. Las niñas nacían, iban a la escuela, luego les salían las tetas y ya como un hito en su desarrollo personal cambiaban las viejas bragas blancas de forma de trapecio por las bragas altas, como un triángulo que iba de las caderas hasta debajo del bolsillo del pantalón vaquero. Y digo lo del bolsillo porque marcaban todo lo que había. Estoy buena y lo sé, parece que dijeran con ese contorno debajo del jean. A mí me ponía una pasada ver eso, diréis que soy un obseso, un salido lo que queráis, pero mirarles el culo y ver la marca de las bragas de siempre me ha puesto tocinico.

De eso hace días ya y las bragas, al igual que los tiempos, han cambiado. Cuando se empezaron a ver los primeros tangas todos decíamos, “mira qué cacho puta”, y es que realmente fueron las lumis quienes introdujeron esta prenda en el mercado textil español. Más tarde el hilito de pescar se fue socializando, a medida que la sociedad se iba aburguesando y los chavales y las chavalas se iban embruteciendo más y más. Ahora con trece y catorce años ya andan con el tirachinas y por fuera del pantalón para que luzca más. Sin duda evitan que se vea la costura de las bragas, al revés de lo que ocurría en mis días y tanto me gustaba, y eso, parece que mola.

Pero con el tanga se ha perdido la barrera primera que te ponían sólo con vestirse. Era tan obvio que iban tapadas que, al final, se producía un efecto raro y antitético pero complementario. Era tan flagrante la barrera que, en lo único que andábamos pensando era en saltarla. Porque ésa, como todas las barreras, son para demolerlas y conquistar nuevos espacios.

Qué tiempos los de las bragas altas. Me estoy haciendo viejo.

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